Libros cúbicos

Hoy los dejo con este artículo de Llátzer Moix publicado ayer en La Vanguardia (España). Personalmente no comparto la posición del columnista, sin embargo, es válido escuchar las diferentes voces que se pronuncian acerca de la autoedición digital.

Por otro lado, reflexionado a partir de esto, creo que realmente la pregunta clave es, ¿están los lectores dispuestos a leer y comprar obras autoeditadas digitalmente por escritores noveles?

Como escritora realmente lo que me interesa es que mis historias se hagan a un espacio dentro de un público lector. Pienso que el ser publicado por una editorial no significa necesariamente que seas buen escritor ni tampoco es garantía de éxito. Además, a estas alturas del partido, el autoeditar se ha convertido también en vitrina para escritores, se conoce más de un caso que la editorial firmó contrato con éste luego de que se había echado al ruedo a probar suerte.

En fin, queda abierto el debate.

Libros cúbicos

Buenas noticias para los malos escritores. O, mejor dicho, para los presuntos malos escritores; para aquellos que han paseado sus originales por varias editoriales, siempre sin éxito. El año pasado, mientras las ventas de libros convencionales caían en EE. UU. un 1,8%, hasta los 23.900 millones de dólares, las de libros electrónicos se triplicaban. Por ahora, la distancia entre la edición en papel y la electrónica es grande. Pero podría menguar rápidamente y, a finales del 2012, quizá el 20% de los ingresos por títulos vendidos procedan del soporte electrónico.

¿Qué tienen que ver los presuntos malos escritores con la deriva digital del libro? Pues tiene que ver mucho, puesto que en los últimos meses los autores condenados a la autoedición, ya fuera por la baja calidad de sus textos o la miopía de los editores, han hallado en EE. UU. a incontables almas caritativas; a empresas dispuestas a facilitarles, en soporte electrónico, la edición que sobre papel les era negada. Y no son empresas del montón, sino los adelantados digitales. Amazon ha creado la Kindle Digital Text Platform, donde los noveles pueden colgar y vender sus obras. Apple hace lo propio desde iBookstore. La cadena de librerías Barnes& Noble les imitará este verano. Y otros emprendedores sueñan ya en conquistar su parcela del Oeste digital, como en su día hicieron Google o Facebook.

Este progreso tiene sus damnificados. En primera instancia son los editores tradicionales, que ven debilitarse su poder sobre la selección, la producción y la distribución del libro. La marabunta digital, que ha tenido efectos letales para la industria discográfica, y que tiene a la prensa tumbada en el lecho del dolor – o de muerte-,apunta ahora hacia el sector editorial. La idea de que el libre acceso a las redes sociales electrónicas nos convierte a todos en músicos, en periodistas o escritores sigue ganando peso. Y, en paralelo, el papel de aquellos que no hace tantos años parecían llamados, merced a su formación, a canalizar el desarrollo del entretenimiento, la información o la cultura, sigue con la operación bikini. Quizá la progresiva delgadez no sea, a la postre, sinónimo de desaparición. Pero bien podría ser que la capacidad de los editores cultivados para definir y elevar el gusto de una época esté agotándose.

Nada hay que objetar al hecho de que un policía, un ama de casa o una profesora satisfagan su vanidad literaria accediendo a la publicación digital de su novela. Pero quizá los impulsores de la autoedición electrónica no serán mejores que los editores de papel. Porque son proveedores de contenedores, antes que de contenidos, y su interés se centra más en la optimización de su container que en la calidad de lo transportado.

Dicho de otro modo: si en el fútbol mandaran los transportistas, el Mundial de Sudáfrica que hoy acaba quizá se hubiera jugado con balones cúbicos, que son más baratos y apilables.

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