La tecnología nos ha enseñado a optimizar casi todo, mensajes, agendas, reputación y, sin embargo, hay una zona que seguimos administrando como si fuera un riesgo: lo emocional. La capacidad de decir la verdad sobre lo que sentimos, sin disfraces ni evasivas; ser honestos emocionalmente, parece haberse vuelto una rareza. Habitamos vínculos donde lo que se dice y lo que se siente van por carriles distintos, entonces, conversaciones correctas que ocultan tensiones, sonrisas que evitan preguntar por qué la mirada se oscurece, gestos que delatan lo que no nos atrevemos a poner en palabras.
La falta de honestidad emocional no siempre es una mentira deliberada, a veces se parece más a una estrategia de supervivencia. Sostener una vida ‘correcta’ mientras por dentro se está dividido, hablar en clave de eficiencia cuando lo que pesa es afecto o responder con fórmulas automáticas, para esquivar conversaciones que exigirían una decisión. Ser honestos emocionalmente implica reconocer el sentir propio, incluso si no es conveniente, y dejar de actuar desde la negación para hacerlo desde la conciencia.
Paradójicamente, en un ecosistema digital que nos invita a ‘contarlo todo’, construimos narrativas limpias, consistentes y curadas con stories y fotos de familia, logros, frases inspiracionales; pero detrás late lo real, hastío, ansiedad, soledad, deseo y miedo. Su falta también tiene un costo, genera relaciones que se sostienen por inercia más que por verdad, vínculos incompletos que funcionan sólo mientras nadie nombre lo que ocurre, y aplaza decisiones que podrían ordenar de fondo nuestra vida afectiva.
La honestidad emocional es un ejercicio básico de coherencia, pero difícil de lograr. Es alinear el gesto y la palabra, no dejar al otro adivinando, no usar el silencio como refugio cuando el silencio ya está hiriendo. Implica nombrar lo que ocurre, el afecto, el desgaste, la duda, el límite. Es actuar con responsabilidad hacia uno mismo y hacia el otro; es reconocer que las microseñales también comunican y que la ambivalencia sostenida confunde, desgasta y enferma. Cuando no lo hacemos, las conexiones se vuelven ambiguas y, a menudo, convierte a alguien en regulador emocional involuntario de conflictos que no le pertenecen.
La verdadera transformación no empieza en los algoritmos, sino en lo humano. Ser honestos emocionalmente no nos garantiza finales felices, a veces abre procesos incómodos, a veces conlleva a cerrar ciclos, pero siempre libera. Nos permite entender dónde estamos, qué queremos cuidar y qué debemos soltar. Al final, se trata de construir relaciones donde la emoción no sea una fachada, sino el punto de partida; y sostenerlas en un lugar donde lo que decimos, hacemos y sentimos caminen en la misma dirección.
*Columna publicada originalmente en el diario El Universal (Cartagena) y la Revista Metro.
También puedes leer su versión para el diario impreso:

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